Pelamos un corazón en vivo
sin guantes, con las manos, con los pies
con los ojos, con tu piel.
Ensuciamos la mesada de granito escurridizo,
salpimentamos los latidos
amasamos la sangre y batimos una memoria neuronal.
Todo listo, todo al horno, todo tierno
todo al día, todo vos.
Sólo quedaba esperar, mientras
la cama se fue al baño, a la cocina, a la mesa
y porque no a la heladera,
y el repasador se empapó de aire quemado,
y las horas pasaron a mitad de tiempo.
La aguja de la temperatura ya casi daba la vuelta entera,
pero justo, cuando todo estaba a punto de explotar:
el horno hizo catarsis.
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