Sin amar nada de las almas
el señor tomó algunas ropas y se quedó
contra los vientos, se quedó,
bajo un bonsái preparó su habitáculo
pero se perdió en la inmensidad del rocío.
Desolado por la falta de calor,
con miedo de ojos despejados
entonó unos pocos recuerdos,
sólo tres, como estrofas de cuna.
El primero trajo con sí una ráfaga de viento,
el segundo se hizo presente bajo la forma de un halcón,
y el tercero le dio impulso.
Entonces el señor
ya valeroso de su cuerpo
trepó hacia la rama más alta y se lanzó
sin pensar en el abismo, se lanzó
sobre el vuelo más profundo de su vida.