La piedrtita del zipoo no anda, el gas sí. Necesito fuego ya, si no pruebo el habano en menos de cinco minutos explota todo, y el habano no se resiste su ansiedad es progresiva, va a explotar todo justo hoy que conseguí la alfombra de mimbre violeta, me acuerdo del fuego del calefón, soy muy inteligente. Uuuuuuufffffffffffffffffffffffffffff, humo, éxtasis, tabaco, uuuffffffffffffffffffffffffffffff. Amo fumar, le doy un traguito al vino, miro el humo salir de mi boca, del cigarro, de mi boca, amo estar solo, amo el humo, fumar es muy zen. Pero me siento observado, puedo percibir una presencia dentro de la cocina que focaliza su atención en mí y no soy yo. A pesar de que el espacio es reducido no veo a nadie, pero está, sé que está. Volteo, hurgo con la mirada y me encuentro con él, un muñeco bebote con pañales y nada más, rubiecito, ojos azules vivaces, una imagen muy tierna que me mira distinto, me mira desde su lugar en el mundo con una expresión inocente pero desafiante ante eso que yo era y que estaba reflejando a través de mis acciones en ese preciso instante. Si bien la culpa no llegaba a abarcar ni un dos por ciento de mis reflexiones diarias en ese momento me sentí indigno, sentí todos aquellos hábitos en los que desperdicié la vida que me fue otorgada, cayeron sobre mi cabeza todos esos años de responsabilidad nula sobre mi propia persona, me dolió. Y él no hacía nada, sólo se dignaba a mirar como yo exhalaba humo e inhalaba vino, con sus hermosos ojos claros anclados en una pequeña porción de mi lujuria, con sus pupilas que no necesitaban hablar para decirme “Sos un libidinoso, no tenés derecho a estar en el mismo lugar que yo”, me estaba echando de mi propia casa sin ni siquiera emitir sonido, ese dulce y tierno pedazo de plástico había reencarnado en mi inconsciente auto-represivo y me hablaba a través de su sola presencia. Lo odié, quién era él para bajarme línea de esa manera, nadie lograba denigrarme, allá en el mundo tenía un séquito de personas que estaba esperando a que yo hable para callarse y escuchar, una cantidad inexorable de gente que me observaba con atención para luego imitar mis formas y ademanes, del otro lado de la cocina un arsenal de jóvenes me estaba esperando para tomarme como referente, y yo metido ahí adentro, con un bebote de juguete que con su sola y estática presencia dejaba al descubierto lo repugnante y miserable de mi propio existir.
Ideas que se hacen palabras como un torbellino que aflora en mí, y junto a ellas la frontera que nos divide al momento de. Hasta que el poema, la prosa, retoma esas anisas de libertad que mi mente anhela en cada latido, en cada rayo de luz que se infiltra en mis retinas, pero nunca es suficiente y tampoco pretendo que lo sea. Debe ser por eso que me limito a no limitarme.
viernes, 6 de agosto de 2010
El intruso
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