Yo soy las horas que pasan
yo soy la bomba que desde adentro quiere enmudecer.
Pero no, porque el tic tac es.
Atrevido.
El control es efímero.
El control del tic tac me señala
y el tiempo se escurre entre mis pies
acá, allá, o en donde sea.
O en donde sea que un papel en blanco envuelva mi nuca
y me proteja de las cuerdas vocales.
La cicatrización finalizó, la cura expiró
y esto sigue acá, adentro mío
carcomiendo el silencio de un estigma,
porque es el angioma de mis antepasados,
porque el papel en blanco sin respuesta solo calla,
y los huesos giran sobre su mismo eje.
Dar vida desde cero es lo único que brota
vida a la hoja, en blanco, en rojo o en negro.
Dar vida y crecer, dar vida buena, de papel
que vive más que un saco atiborrado de células
muertas, siempre esa muerte que da vida.
Siempre esa muerte que da vida y aplaca
el dolor de la eternidad que el tic tac emana,
De la angustia de su peso entre cada intervalo.
Entre cada intervalo que angustia de su peso.
-"Apenas se puede ver querida amiga"-
susurra la muerte a mis manos blancas de papel.
-"A penas se puede susurrar querida amiga"-
(susurro a la muerte que anda detrás de mí)
sin ser víctima del peso del tiempo eterno
que evapora la angustia que emana la vida
entre cada intervalo que sucumbe ante el dolor
de la espera de un tic tac a otro, relacionados,
unidos por el augurio de una pequeña eternidad.