Del otro lado, del derecho, un campo de girasoles.
De este, el izquierdo, vos con un trago en la mano:
-Hola, me dijiste.
-El piso tiembla, te dije.
Las luces, el humo, y los parlantes secularizan mis tímpanos.
-Hola.
-El piso tiembla.
El grupete desparramado en un sillón
y el lado derecho por momentos invade la noche.
Un rayito de luz se filtra
entre aquellas monumentales flores,
me encandila,
y un viento cálido sopla mi pelo,
el calor de la pradera acoge mis párpados,
pero los suburbios del punchi se empecinan sobre mi realidad.
¿Cuál es mi realidad? ¿Luna, girasoles con sol, punchi?
-Hola.
-El piso tiembla y siento que no estoy acá.
-Hola.
-El piso tiembla y ¿vos estás acá?
-¿Querés un trago?, insistís.
Regreso al campo de girasoles, la luz del sol, la pradera y mis párpados.
El lado derecho gana la batalla, y así logro disipar el temblor del punchi,
ahora estoy corriendo abriéndome paso entre aquellas
exóticas flores,
bajo el calor del crepúsculo,
y llego a una llanura que me
incita a tirarme y rodar, rodar, rodar.
El piso por momentos tiembla,
y por momentos el pasto me da sarpullido.
- Hola ¿Querés un trago?, insistís.
- ¿Una trago? ¿Un trago con pasto que me da sarpullido?
- ¿Sarpullido? ¡Qué asco!
mientras te alejás con el vaso medio vacío.
Entonces, ya sin nada que me estorbe cerré los ojos
y volví a la pradera
a rodar por el pasto,
rodar, rodar, rodar,
hasta que me topé con los zapatos pisoteados del patovica,
que levantándome con dulzura
me invitó a retirarme del punchi-bar.
Acomodé mi vestidito y me fuí
rascándome, mientras,
los pibes tirados en el sillón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario