Tus ojos descuidados, yo, los encuentro, profundos, hundidos en la pérdida de lealtad, zozobrando en las tinieblas de la monotonía, ya saben que se van, ya saben que no hay rumbo. Pero los miro, y cuando el azar en benévolo, me permite vislumbrar las pupilas, hurgar esos prohibidos. ¿Cómo decirte que reencarno en tus ficciones cada vez que bajas la mirada?
Buscando esa desilusión intuiré ¿Cómo no he de saberte si mi camino es paralelo? Como otros que seguramente lo sean adherido al mío, pero no están para mí, sino sólo el tuyo.
Los grises nunca fueron más negros, cada centímetro que el tiempo me otorga es una agonía de esperar a que nada entre nosotros sentencie, porque un mandato del cielo, al que sorteamos, me lo otorgó. Las lianas tiene que fusionar y al hacerlo terminantemente, en ese entonces lejano, utópico, tal vez encuentre tu caudal y pueda unirte a mis pestañas, a mis corneas, a mis queratinas que todavía no encontré. Hasta que sí, hasta que el bien, hasta lo blanco, hasta la luz, en unas horas y la nada se apodere de mis imperios fortuitos, de aquellos fuertes de arena con cimientos en las nubes. Sólo un día nublado, ventoso, o soleado, basta para demolerlo, Porque ¿Quién tiene una verdad que llegue a perdurar un segundo absoluta en el sentir de la vida?
Caso omiso porque te pienso, caso perdido porque te vi.
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