Hilo, pendiente venenosa, amarrete.
Un centímetro de existencia vil.
Hilo, cómplice de ensueño perro amado.
Hilo, arista punzante, sin horas, sin tiempo;
capullo de brotes en breve nacer,
sensibles a la fotosíntesis de tu languidez que se pierde en el infinito,
eterna, como aquella niña llorando frente al espejo.
Compungidos sus ojos de por vida,
en fotos no se consideran, ni en pastos, ni hamacas,
sólo en hilos de los que pende, de los que penden,
de los que corta, de los que opera,
de los quiere,
de los que amarra, y pierde.
Pero otros vendrán, sin saber el rumbo al igual que aquel quelonio de Darwin,
que también amarraba hilos,
por sobre todas los vocablos que no pudo manifestar.
Desesperante estar en sus cayos,
tan lentos, tan sabios, tan cerca de la tierra
en la que un siglo anterior fue depositada,
y luego adoptada por cierto visionario rebelde.
Pero no puede hablar,
se remuerden sus papilas gustativas,
sabiendo que las cambiaría, sí, se atrevería a intercambiar esa mixtura
manjar de sabia que emana la lechuga
por aunque sea emitir sonido que permita comunicar tantas vivencias;
pero indefectiblemente su destino de tortuga le fue otorgado,
sin aviso previo,
sin otro sumiso camino que el de aceptar su condición,
que trae con sí aquel hilo del que cuelga.
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