La tortuga salió a barrenar
pero no lograba llegar a la orilla.
En la fuerza impenetrable de sus cayos, se hundía
con la boca intentaba tomar la cuerda de la tabla
pero el viento, escupitajo del cielo, se reía.
Un cóndor, la observaba desde lo alto del morro.
Sin inmutarse, anclaba las córneas en su caparazón.
Él podía ayudarla, el podía brindarle ese envión
caído del cielo, o del morro, pero no,
prefirió sentarse y jugar a ser espectador
de una obra en contrucción tangible.
Optó deleitar su horizonte con un paso a paso relentado,
De garras arañando la arena
De sudor salpicando la espuma de mar
Del fruto del esfuerzo anclado en las paredes colectivas.
Así pasaba las tardes el cóndor, mirando el horizonte
Espuma de mar, viento, arena, contrastes caribeños
Y en el centro, como un lunar en el paraíso,
una tortuga con ansias de barrenar,
hasta que una ola, un sunami a sus ojo contra el piso
la devuelve a su punto de origen, sin angustia, sin prisa
paso a paso, el juego comienza otra vez.
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