El señor de al lado tiene miedo y la señora que está al lado de él se hace pis, señora escatológica no llore, le digo yo, y ella continúa con sus incontinencia antipático. Al frente las olas y atrás también. Un barco que traslada mi experiencia y el ADN recuerda esa vez que también me movía, de un lado a otro, desde la cuna, y cuando la hamaca era adicción, y cuando ya más grande estaba con él, todo eso, mi mente recuerda todo eso, mientras deduce, analiza, calcula los metros sobre el nivel del mar, la velocidad del viento, el peso de la embarcación, los grados hectopascales y como resultante a las intersecciones múltiples las tantas probabilidades de hundirnos, y la señora de incontinencia escatológica llora, le llora la vagina, se hace pis, contiene al marido que llora, le lloran los ojos, entra en pánico, se revuelca en el piso del barco. Por delante las olas, agua, río, horizonte a los costados, laterales de masa líquida, millones de profundidades, el señor de al lado tiene miedo de que el barco se hunda, y yo no, yo sólo especulo con la probabilidad de que el barco se hunda.
Ideas que se hacen palabras como un torbellino que aflora en mí, y junto a ellas la frontera que nos divide al momento de. Hasta que el poema, la prosa, retoma esas anisas de libertad que mi mente anhela en cada latido, en cada rayo de luz que se infiltra en mis retinas, pero nunca es suficiente y tampoco pretendo que lo sea. Debe ser por eso que me limito a no limitarme.
domingo, 31 de octubre de 2010
Barco
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