Un lunar trotamundo recorre el desierto. El mar absorbido ya no llora, el viento emerge desde el centro de la tierra que succiona todo lo que encuentra, los pelos, la saliva, la mente, un chicle y a mi. Sólo hay que sestearse a esperar, porque a todos nos llega la hora del cansancio, esa que no se remonta ni con una sustancia plus. El lunar trotamundo divaga, llora, y busca un hogar bajo la línea recta de la rutina, la contención de la arena que se vuela y que alguna vez fue roca o primámide, tendón y sudor de esclavo. Hasta acá me contaron, sólo se eso, un fragmento en la historia de un lunar, a veces menguante, otras lleno, un simple momento de búsqueda fallida entre tantas de las que existen en el universo. Si alguna vez llegara a leer estas palabras quiero que sepa que le presto mi cara, un pié, una auña, un pezón o alguna otra parte libre de mi piel para que forje su lugar, para que vea a través de mi vida y así lograré eliminar una soledad de la existencia, y asi lograré alejarme aunque sea un paso del infierno.
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